Compostaje doméstico: ¿merece la pena en un piso?
Según datos de gestión municipal de residuos en España, entre el 35% y el 45% de la basura doméstica es materia orgánica: restos de fruta, verdura, posos de café, cáscaras de huevo o servilletas usadas. Es decir, buena parte de lo que tiramos cada día podría transformarse en abono en lugar de acabar en un vertedero.
Cuando estos residuos se depositan mezclados, generan metano —un gas de efecto invernadero muy potente—. Separarlos ya es un paso. Compostarlos en casa, un paso más allá.
¿Se puede compostar en un piso?
La respuesta corta es sí: se puede compostar en un piso, y la clave está en elegir el sistema que mejor se adapte al espacio y al ritmo de vida.
Existen varias opciones. Los compostadores urbanos compactos son pequeños recipientes cerrados pensados para cocinas o balcones, donde se combinan residuos húmedos —como restos de fruta y verdura— con materiales secos —cartón o papel sin tinta— para mantener el equilibrio. Son sencillos y no requieren jardín, aunque exigen cierto control de la humedad y algo de ventilación.
Otra alternativa muy extendida es el vermicompostaje, que utiliza lombrices rojas para acelerar la descomposición. Ocupa poco espacio, es rápido y apenas genera olor si está bien gestionado. El principal inconveniente no es técnico, sino emocional: no todo el mundo se siente cómodo sabiendo que hay lombrices trabajando bajo el fregadero, aunque estén en un recipiente cerrado.
Por último, el método bokashi funciona mediante fermentación en cubos herméticos con salvado fermentado. Es un sistema limpio y prácticamente sin olores, pero requiere un paso posterior: enterrar el material fermentado o depositarlo en un compostador comunitario para completar el proceso.
¿Huele? ¿Atrae insectos?
Es la gran preocupación cuando se habla de compostaje en un piso: el olor. Sin embargo, bien gestionado, el compost no debe oler mal. Los malos olores suelen aparecer cuando hay un exceso de residuos húmedos —como restos de fruta muy acuosa— o cuando falta aireación y el proceso se vuelve anaeróbico.
La clave está en el equilibrio. Conviene alternar capas de materia orgánica con materiales secos como cartón o papel sin tinta, que absorben la humedad y favorecen la oxigenación. En sistemas domésticos pequeños es recomendable no añadir carne ni pescado, ya que se descomponen de forma más compleja y pueden generar olores. También ayuda remover el contenido de vez en cuando para airearlo, salvo en el caso del bokashi, que funciona mediante fermentación en un recipiente hermético.
En cuanto a la ubicación, en pisos sin balcón lo habitual es colocar el compostador bajo el fregadero o en una galería bien ventilada. Con estos cuidados básicos, el compostaje doméstico no debería oler más que una bolsa de basura convencional —y, en muchos casos, incluso menos.
Más allá del abono: el cambio de mentalidad
Quienes compostan suelen coincidir en algo: cambia la relación con los residuos. Separar, observar cómo se transforman los restos y utilizarlos después en plantas crea conciencia sobre lo que consumimos.
En entornos urbanos donde el espacio es limitado, el compostaje doméstico no es una solución masiva al problema de los residuos, pero sí un gesto significativo. Reduce la bolsa que baja al contenedor, evita emisiones asociadas al transporte y tratamiento, y devuelve nutrientes al ciclo natural.
Entonces… ¿merece la pena?
Para muchas personas, sí. No tanto por la cantidad de compost que se obtiene —modesta en un piso—, sino por el impacto educativo y ambiental que supone el proceso.
El compostaje doméstico en un apartamento no es complicado, pero sí exige constancia. Y quizá esa sea la verdadera pregunta: si estamos dispuestos a cambiar pequeños hábitos diarios. Porque, al final, la sostenibilidad en un piso no empieza en el balcón, sino en la cocina.