Galicia se ha consolidado en los últimos años como una de las comunidades con mayor peso de las energías renovables en su composición de la producción eléctrica. Se trata de una posición que refuerza la imagen de territorio productor de energía limpia. Sin embargo, la sostenibilidad energética no se mide solo por la procedencia de la electricidad, sino por la capacidad del sistema para integrar esa producción, reducir el consumo de combustibles fósiles y repartir de forma equilibrada los costes y beneficios de la transición. En ese escenario, la provincia de Lugo ocupa un lugar central, ya que concentra una parte relevante de la potencia eólica gallega y cuenta con recursos hidráulicos y forestales clave.
Según los datos de Red Eléctrica correspondientes a 2024, el 84,6% de la electricidad generada en Galicia procedió de fuentes renovables. La hidráulica aportó el 43,9% del total y la eólica el 38,4%, mientras que el 81,1% de la potencia instalada en la comunidad ya corresponde a tecnologías limpias. La demanda eléctrica anual se situó en torno a los 13.870 GWh, una cifra moderada en relación con la capacidad de generación, lo que explica algunos de los debates actuales sobre evacuación, almacenamiento y aprovechamiento del excedente.
Un sistema renovable con límites estructurales
La elevada producción renovable no garantiza por sí sola un modelo energético totalmente sostenible. La electricidad es solo una parte del consumo total. En los hogares, la calefacción sigue dependiendo en buena medida del gasóleo y del gas, especialmente en zonas rurales. En el transporte, los combustibles fósiles aún son mayoritarios. Y en la industria, la electrificación avanza de forma desigual, condicionada por la necesidad de un suministro estable y competitivo.
En este contexto, la sostenibilidad energética se apoya en tres ejes: mejorar la eficiencia, sustituir os fósiles de manera progresiva y evitar desequilibrios territoriales. Galicia ha avanzado con rapidez en generación, pero el foco se desplaza ahora hacia la red, el almacenamiento y la gestión de la demanda. En 2024, el sistema gallego integró cerca de 587 GWh mediante instalaciones de bombeo hidráulico, una tecnología clave para almacenar energía cuando hay excedentes y devolverla a la red en momentos de menor producción.
Lugo como territorio productor
La provincia de Lugo destaca especialmente en el ámbito eólico. Con aproximadamente 1.770 megavatios de potencia instalada, se sitúa como la provincia con mayor capacidad eólica de Galicia. Municipios como Muras simbolizan esta realidad, con una elevada concentración de parques que han generado ingresos locales, pero también debate social y ambiental.
El sector entra ahora en una nueva fase marcada por la repotenciación, es decir, la sustitución de aerogeneradores antiguos por otros más eficientes, capaces de producir más energía con menos unidades. Este proceso permite reducir el impacto visual y mejorar el rendimiento, aunque también ha generado litigios y retrasos administrativos que afectan al calendario de proyectos.
La hidráulica completa el mapa energético lucense, tanto por la generación directa en el sistema Miño–Sil como por su papel en el equilibrio del sistema eléctrico. La capacidad de regulación de los embalses resulta decisiva en un contexto de alta penetración eólica, ya que tiene la capacidad de compensar la variabilidad del viento.
A esas fuentes se suma la biomasa, un recurso cercano en una provincia con amplia base forestal. Su papel no es tanto eléctrico como térmico, con aplicaciones directas en la sustitución de calderas de gasóleo por sistemas de calefacción más eficientes. En este ámbito, Lugo cuenta con experiencias como redes de calor con biomasa para edificios públicos y equipamientos sociosanitarios que permiten reducir emisiones y estabilizar costes energéticos.
Red y consumo, los cuellos de botella
Uno de los principales desafíos del modelo gallego es la capacidad de la red eléctrica para evacuar y gestionar la energía producida. Cuando coinciden picos de viento y baja demanda, se producen vertidos de energía renovable que no puede aprovecharse. El refuerzo de líneas, subestaciones y sistemas de almacenamiento se ha convertido en una condición imprescindible para que el despliegue renovable siga siendo eficiente.
En Lugo, este debate se cruza con la presencia de grandes consumidores industriales. Instalaciones como la planta de aluminio de San Cibrao tienen un peso significativo en la demanda eléctrica y condicionan la planificación energética. La coexistencia entre territorios productores y grandes polos de consumo plantea la necesidad de modelos que aseguren retornos locales y eviten que la transición se perciba como un intercambio desequilibrado.
La sostenibilidad empieza en el consumo
Más allá de las grandes infraestructuras, la transición energética se decide en miles de actuaciones de menor escala. La rehabilitación de viviendas, la mejora del aislamiento, el uso de bombas de calor, la renovación del alumbrado público y el autoconsumo allí donde resulta viable son medidas con impacto directo en la reducción de emisiones y en la factura energética.
En una provincia envejecida y dispersa como Lugo, la eficiencia energética tiene un valor añadido: reduce la vulnerabilidad económica de los hogares y disminuye la dependencia de combustibles importados. El reto reside en la ejecución efectiva de estas políticas, con ayudas accesibles, tramitación ágil y capacidad técnica suficiente para llevarlas al territorio.
Retos a medio plazo
La sostenibilidad energética en Galicia y en Lugo se jugará en los próximos años en varios frentes simultáneos: la repotenciación ordenada de la eólica, el despliegue de almacenamiento, la descarbonización del consumo térmico y un reparto más equilibrado de los beneficios asociados a la producción de energía. Lugo dispone de recursos clave para afrontar ese proceso, pero el éxito dependerá de que la transición combine producción, eficiencia y cohesión territorial.