Las lluvias persistentes han avivado el corazón del río Miño a su paso por Lugo. El caudal ha vuelto a ocupar espacios que, en condiciones normales, no le pertenecen. El agua ha devorado el paseo del Miño y se ha abierto paso con fuerza en la desembocadura del Rato, uno de los puntos donde la crecida se hace más visible.
No se trata de un episodio inédito, aunque sí que ha superado las barreras de otros años. Las crecidas forman parte de la historia reciente de la ciudad, con registros significativos en los noventa. A mediados de la década, el río, con un nivel excepcional, pasó por encima de las orillas e, incluso, llegó a deslizar una pequeña capa de agua sobre la Nacional VI.
La documentación técnica de la cuenca del Miño-Sil y los planes de protección civil identifican Lugo como un punto sensible a las crecidas del río, con zonas de inundación recurrente ligadas a episodios de lluvias persistentes. En ese contexto se encuadran también las grandes crecidas de mediados de los noventa.
Más reciente está la riada de febrero de 2016, cuando el caudal superó los valores habituales y el agua inundó el entorno del Balneario y del Club Fluvial. Confirmó un patrón que se repite de manera periódica. Entonces, el paseo fluvial funcionó como espacio de transición, pero no como barrera.
Más atrás, los desbordamientos forman parte de una memoria intermitente. Hay constancia de episodios que incluyen el «desbordamiento del Miño en Lugo capital» en planes y recopilaciones oficiales, y también relatos de temporales históricos como el de diciembre de 1978, que sitúan a Lugo entre las localidades afectadas por la crecida.
La situación actual, sin alcanzar aquellos máximos históricos, reproduce una escena conocida. El Miño avanza despacio, pero con determinación, cubre senderos, anega zonas bajas y empuja el agua hacia los afluentes, como el Rato, donde el retorno del caudal intensifica la sensación de desborde.